Por:  José Félix Lafaurie
Entre el 21 y 23 de septiembre los acordeones volvieron a su cuna, en Villanueva, Guajira, y los juglares llegaron desde los confines de la provincia vallenata y de donde quiera que esta música provinciana ha echado raíces y se ha difundido, hasta convertirse, no solo en patrimonio inmaterial de la humanidad (UNESCO 2015), sino en uno de nuestros más fuertes símbolos culturales ante el mundo, comparable con la obra literaria de García Márquez y la escultórica monumental de Botero.

No en vano el mismo Gabo calificó su máxima obra, “Cien años de Soledad”, como un vallenato de 350 páginas y, por ello mismo, el protocolo centenario de los premios Nobel se rompió en 1982 con una explosión de folclor que contó, por supuesto, con los aires vallenatos de los inapreciables Hermanos Zuleta.

Hace unos meses fui invitado por un grupo de villanueveros a asumir la Presidencia de la Fundación Festival Cuna de Acordeones, con el reto de organizar su versión número 39 con los fuerza musical y la promoción necesarias para darle nuevo impulso a este evento del folclor vallenato, que hace más de una década fue declarado patrimonio cultural y artístico de la Nación (Ley 1052 de 2006), y es el segundo en importancia después del de la Leyenda Vallenata en Valledupar.

Con algo de prevención frente al reto, pues no soy lo que se pueda llamar un experto en folclor vallenato, acepté sin embargo con mucho agrado, movido por la generosa confianza con que se me hizo la propuesta, confianza que espero no defraudar. Pero acepté, sobre todo, porque Villanueva es la cuna de mis ancestros paternos y aunque yo nací en Santa Marta por acaso, las pilatunas infantiles que puedo recordar y las aventuras de mi primera juventud, tuvieron a Villanueva como escenario en vacaciones inolvidables.

Estas notas, sin embargo, no son un canto a la nostalgia, sino, más bien, y a propósito del Cuna de Acordeones, una reflexión sobre lo que significa haber tenido tan significativas vivencias en un pueblo y, sobre todo, en uno como Villanueva, inmerso es ese aislamiento macondiano de más de cien años, en el que se “cocinó” la cultura provinciana que se quedó impregnada en nuestra forma de ser y de sentir.

Un pueblo, como la Villanueva de mi juventud, es un microcosmos que ayuda a entender mejor la sociedad, pues mientras en la gran ciudad todo se diluye y se oculta, allí se resumen y personifican las carencias, frustraciones y anhelos de una comunidad; allí se conocen los responsables de lo bueno y lo malo; desde el alcalde hasta el cura, el profesor, el loco, el tinterillo, el tendero, el médico y el farmaceuta que lo suple, los señorones y las señoronas, los campesinos, los cantores, los acordeoneros, los parranderos…

Y en un pueblo provinciano, como Villanueva, todos los valores de nuestra cultura, como el apego a la tradición, el respeto a los mayores, y el culto a la amistad, a la mujer y a nuestra música; así como todos esos protagonistas, con sus historias y leyendas, sus amores y desamores; todo ello se amalgama en esa música sencilla pero maravillosa, alegre pero sentida, que fluye con facilidad de un instrumento prestado a la lejana Europa: el acordeón.

Es “el vallenato”, que brincó los límites de la provincia y de la región Caribe, para tomarse el país entero y traspasar nuestras fronteras. Es la cultura provinciana y la música vallenata que le mostramos a Colombia y al mundo con orgullo en el Festival Cuna de Acordeones.